POR SIEMPRE, ARTURITO.
POR SIEMPRE, ARTURITO
(©Nora Casali)
Fabricio fue un privilegiado en más de un sentido. Y tuvo algunas desventajas en la misma medida....
El peso de ser el primogénito: primer hijo, primer nieto, primer sobrino.
Primer bebé en la cuadra, con lo cual los vecinos lindantes (Don Luis y Elena) se adjudicaron abuelazgo "suplementario": hablaban desde una pared bajita del patio de luz, controlaban sus horarios, le preguntaban qué papa comía, qué chiche usaba, por qué lloraba.
Eran asistentes a distancia, pero presentes, y Fabri los escuchaba atentamente. Me resultaba de gran utilidad esa comunicación, porque me permitía jugar un poco con eso invisible que estaba "del otro lado de la pared".
En tema juguetes y elementos para bebés, tenía un surtido importante. Todos le traían regalos, tenía su dormitorio para él solito, y unos peluches gigantes custodiaban el moisés cuando era bebé: un perro dálmata hermoso de un metro y medio!! y un oso polar de buena dimensión. También Pluto o Goofy, no recuerdo qué perro era. Dippy, tal vez?
Estaba también mi colección de elefantes - en living- en estantes sin vitrina ( aún) y cuando estaba molesto, enfermucho o aburrido , lo dejábamos tocar algún elefante mientras estaba en brazos. Por suerte, estaban a buena altura, no obstante hubo "muchas bajas" cada año, hasta que se concretó el mueble especial con paneles de vidrios fijos y fueron exhibidos sin riesgo. Pero esas curiosidades entraron entre esas atribuciones que no tuvieron sus hermanitas.
Por otra parte, cruzando la calle, estaban sus tíos segundos y un primo segundo diez años mayor, que le daban los gustos, lo sacaban a pasear, y le pasaban los juguetes que ya el grandulón no usaba...
Pero lo más notable fue que, nosotros habíamos ido comprando juguetes importantes fuera del país antes de tener familia. Y luego debíamos esperar que el niño crezca para que pudiera y supiera usarlos.
Por ejemplo , un tren eléctrico enorme de varias pistas, comprado años atrás para armar en un cuarto de buenas dimensiones, con puentes, cerros, túneles, estaciones de servicio, parkings, y muchas máquinas y trenes de todo tipo. Con lo cual se entretenían los adultos hasta que llegaron niños al hogar. Recién a los cinco o seis años, se pudo armar para que Fabri juegue con hermanitas o amiguitos; y fue algo tan engorroso de armar y desarmar, que resultó un elemento usado mucho menos de lo que hubiéramos pensado.
En cambio, hubo un juguete que amó desde que lo vio. Fascinación total!!. Era un robot articulado, iluminado, con distintas funciones y gran obediencia a los comandos del control remoto.
¡¡ARTURITO!!
Arturito, el robot, llegó un día en una hermosa caja... pero esa vez, el paquete pesaba mucho más de lo normal. Cuando lo abrió, no podía creer: era un robot a pilas, de color plateado y guardas azules, con luces rojas brillantes en los ojos, y brazos y piernas articuladas y multidireccionales. Emitía sonidos diferentes cuando avanzaba y cuando giraba, según órdenes a derecha o izquierda.
Fabri lo miraba como si fuera un personajes que se había escapado de una película de dibujos animados...Lo apoyó en el suelo (aún puedo ver en mi mente el alfombrado azul enrulado, de pasillos y dormitorios, la luz entrando a la tarde, y ese robot, Arturito, esperando quieto, a que su función comenzara). El plateado impecable, y esas luces rojas que parpadeaban como un corazón electrónico.
La magia y fantasía consistían en que bastaba la voz de Fabricio para que se pusiera en marcha. ( Y estamos hablando de casi cuarenta años atrás, sin los avances de la tecnología actual, que realmente se maneja con órdenes verbales).
Bastaba que Fabri dijera: "Avance!", y ahí salía caminando hacia el frente. Si le decía: "Detenerse!", frenaba en el acto. Lo mismo si le pedía dar media vuelta, hacia un lugar u otro de la casa. Su postura rígida, con esos brazos articulados y potentes, era la de un soldado listo para la misión secreta que le encomendara su dueño: él no entendía cómo lo lograba, pero le parecía lógico, porque después de todo Fabri era el Comandante, y Arturito su fiel robot.
Sólo dos cosas debían de cumplirse, que el niño respetaba a rajatabla: nunca debía usarlo estando solito; y para que le obedezca, debía elevar sus brazos al darle la orden. De modo que allí pasaba algunas tardes, dando órdenes y contraórdenes a su robot subalterno, con los brazos bien derechitos hacia adelante, cual si fuera un encantador sosteniendo el dominio mental.
Como si lo entendiera, Arturito se desplazaba con impecable precisión, por ejemplo al atravesar un pasillo angosto sin rozar paredes; o sin chocar con las patas de las sillas. Era increíble esa obediencia, y Fabri suponía que era un robot que sólo los niños podían entender y dominar. Era su secreto, y en ese tema, se sentía superpoderoso.
Hasta que, un día en que estaba Arturito arriba de la mesa, no obedeció de inmediato la orden de frenar, se cayó al suelo, se desarmaron partes, y hubo que buscar un técnico en esos artículos... No era fácil encontrarlo, no eran objetos de venta frecuente...mínimamente debía tener conocimientos en electrónica -de sus componentes como sensores, actuadores- y sobre todo tener acceso a la documentación técnica del juguete.
Estuvimos mucho tiempo para dar con alguien apropiado. y tardó mucho en concretar el trabajo encomendado. Había pasado un año o más, sin Arturito en nuestra casa. Y allí, con el robot reparado , Fabri descubrió que la caja venia con otro adminículo...y para probarlo, le dijimos que use el control remoto, y lo dirija él. Con asombro total, se enteró de que, mientras él le daba ordenes verbales, en realidad su primo segundo Pablo estaba escondido en otra habitación ( o detrás de alguna puerta) siempre atento a las órdenes, para usar el control remoto. A veces ese rol lo ocupaba su padre, pero el control remoto era manipulado desde fuera de su vista.
Allí entendió todo. Allí fue autorizado a jugar todas las veces que quiera, estando solo, porque se le enseñó la función de cada parte del teclado del control.
No dijo nada, se hizo el desentendido, pero sentíamos que por dentro se había roto un hechizo...No le dio más órdenes, aunque siguió bastante tiempo jugando...
En su mundo "de antes", él no fingía, creía de verdad. Mientras duró, FUE REAL. Y eso siempre valdrá más en su recuerdo que el total dominio y pericia con un control remoto.
Arturito volvió a caminar, pero ya no le interesaba con tanta intensidad. Funcionaba, sí... Pero ahora era sólo un juguete... Fabri, en cambio, había perdido al compañero y subalterno que le obedecía el pensamiento.
Eso también es parte del crecimiento...
Puedo intuir algo de la mente sensible de mi querido hijo: supongo que hoy, adulto, cada vez que ve un nene hablarle a su juguete como si pudiera escucharlo y responder, le darían ganas de decirle que aproveche!!.
Que le hable. Que se crea el dueño del mundo mientras pueda.
Porque hay algo en esa ilusión y magia que no vuelve a ser nunca más igual.
Y nos corresponde a los mayores alimentarla y sostenerla el mayor tiempo posible. (©Nora Casali)
El mejor juguete que tuve y aún extraño! Gracias por el recuerdo ma! ❤️
ResponderEliminarPor eso es el primer relato sobre tu infancia. ( Habrá más, jejej) Fue muy importante ese juguete para vos!!.
EliminarY puedo escribir...!!!
ResponderEliminarBravo, Ricardo!! post operatorio de lujo!!. Gracias , como siempre....
EliminarHermoso relato. Es lo hermoso de la infancia Ilusión y Magia.
ResponderEliminarGracias por compartirlo 💕
Es el alimento de una etapa inolvidable. La magia y la alegría de " lo posible"! .Gracias por tu comentario, aunque no adivino quién eres.
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